lunes, 28 de mayo de 2018

No te hagas mayor, es una trampa


Ahora que está tan en boga hablar de “lo dura que es la maternidad, nadie me había avisado…” (anótese mi cara de venga, ¿en serio? Pasad por el post de Mirando desde tu altura de la semana pasada y hagamos un poco de autocrítica porque lo duro de verdad es la soledad emocional de la madre y de eso todos tenemos un poco de culpa; pero bueno ese sería otro debate). 
Yo quiero hilar más fino y hablar de lo dura que es la vida adulta y nadie me había avisado, o igual sí y contesté con un “venga no me ralles” aunque no creo porque siempre he sido muy aplicada como para no escuchar advertencias.  Igual por eso la maternidad, como tantas otras etapas de la vida que se dan en la adultez, nos parecen tan agotadoras, porque se dan a la vez que otros muchos procesos que nos pueden consumir: trabajo, casa, dinero, despedidas…

El caso es que con mis casi 32 años recuerdo mi vida como un cúmulo de zascas intercalados con momentos de creer que te explota el pecho de tanta felicidad. O igual es que la tortas son el peaje para la felicidad o igual es que son el contrapunto para entender la verdadera felicidad. El viernes una de las personas que más quiero en el mundo me dijo “siempre que una puerta se cierra, otra se abre”, así es la vida, subidas y bajadas contantemente, algo que en casa nos está quedando claro en el último año. Todo esto me hace reflexionar y pensar en él, en Principoso.


La infancia bien entendida debería ser un páramo de paz y purpurina y creo que como padres ese debería ser nuestro mayor objetivo, que sean súper felices ahora que pueden, ahora que no son conscientes de todo lo que puede ocurrir en unos años. Pero claro, esto no es fácil porque al mismo tiempo no pueden vivir en una burbuja y debemos prepararles para que entiendan, para que comprendan que la vida no es color de rosa. Y a mí este topicazo es el que no termina de encajarme (casualidades de la vida veo que no soy la única a la que no le encaja viendo el “nunca, nunca es demasiado rosa“ de Lucía Be de hoy).


No sé como llevar a cabo esto que os cuento en la educación de mi hijo porque lo que realmente quiero es que su vida sea rosa, muy rosa y pintársela todo lo rosa que pueda. ¿Le haré una persona débil así?, ¿no será capaz de afrontar con resiliencia los devenires de la vida? Y a la vez que escribo yo misma me contesto. Igual es que soy más de Atenas que de Esparta; pero haga lo que haga lo malo llegará por lo que las tiritas mejor después de las heridas. Y ojalá tenga una infancia lo más larga posible en el tiempo, que la vida no le haga crecer demasiado rápido. Porque esa es otra. La vida a veces no te deja ser niño todo lo que quisiéramos y te escupe a la vida adulta antes de tiempo por lo que a vivir que son tres días y dos llueve.



Mientras tanto los adultos de la casa, hoy más que nunca, preparamos la mudanza al Barrio de la Alegría. Nosotros podemos.



“Vivo en el número siete
Calle Melancolía
quiero mudarme hace años
al barrio de la alegría
Pero siempre que lo intento,
ha salido ya el tranvía”

Joaquín Sabina

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